Tics Modernos Vol. 6:

Lluvia de verano

Por Fabián Carreras
www.fabiancarreras.com.ar
ticsmodernos@hotmail.com


Ese lunes no fue un día como cualquier otro. Para algunas personas el destino no existe, pero estos dos diseñadores tenían fe en que todo iba a cambiar.

Debían viajar a la ciudad para presentar un proyecto. No estaba muy claro si era diseñar un logotipo o dejar una marca en la ciudad. A media mañana imprimieron los originales y partieron en busca de la presa.

Parecería que las charlas en un auto son más sabias, tienen precisión científica y música de fondo elegida por Tarantino.

Iban a llegar a tiempo, pero pararon en la estación a cumplir con el ritual de tomar una Coca Cola Classic (botella rediseñada por Raymond Loewy).
Durante el viaje aceleraron más, logrando precipitar una tormenta perfecta. Caía tanta agua que frenar y avanzar era igual de incierto. Pero tenían una certeza: en el verano el granizo abolla.

La ruta era doble mano, y cada mano estaba separada por un profundo canal de tierra pensado para que los autos no giren en U. Dos segundos más tarde -y con movimiento zen- el conductor pisó el freno y giró el volante hacia su izquierda para llegar a la banquina.
Por suerte lo logró. Pero el auto no se detuvo.

A partir de ese momento, como pasa en todas las instancias previas a los accidentes, el tiempo se detuvo y el sonido también. El freno seguía apretado y el auto se deslizó hasta acariciar la trompa con el noble espinillo que estaba plantado a mitad del trayecto.
Finalmente la nave se detuvo. Fue injusto que esas carcajadas no estén exhibidas hoy en el MOMA (logotipo finamente rediseñado por el tipógrafo Matthew Carter).

El vehículo se encontraba con una inclinación de -40º, y quedaban dos opciones:
a) poner marcha atrás, b) continuar con la mitad del trayecto y estrellarse.

Mientras analizaban cuál de las dos estrategias era la más conveniente, el vehículo francés se hundía profundamente en tierra de Comechingones.

Generalmente todas las cuestiones de neumáticos le pertenecen al copiloto, por lo tanto el de la derecha bajó y colocó unas piedras entre el barro y la rueda. En ese momento pensó quién sería el autor de la mascota de Michelin.
Tras varios intentos fallidos, el auto retrocedió con complicidad.

Al subir al auto, el copiloto era de acuarela marrón.
Siguieron viajando por autopista en silencio, y a medida que pasaba el tiempo ese silencio se iba agudizando.
A esa altura, el ángel de la guarda había hecho un trabajo invisible y merecía una estampita impresa 4/4.

La lluvia se afinó tanto que salió el sol.
Tres minutos después llegaron a destino y nuevamente las risas.
Ese día en la ciudad no había llovido.